viernes, 9 de noviembre de 2012

El estuche.

Abro el estuche aterciopelado y encuentro mis lentes.  ¡Finalmente! Desde hacía varios días que cada vez que abría ese mismo estuche color ocre de contenido vacío, había sido incapaz de pensarlos en cualquier otra parte.   Aún no sé dónde estuvieron este tiempo pero lo importante es volver a ver-los.

¿Se fueron de viaje sin avisar?

Si bien es cierto que el ocre no está en la paleta de mis favoritos, es cierto que este estuche tiene algo que me gusta... no tiene marca registrada, no tiene paño para limpiar cristales, no tiene botones para cerrarlo.  Es simple, seguro, y por lo general, guarda en su interior algo específico e importante para mí.

Son el tipo de estuche que me gusta encontrar en un amigo, en una pareja, en un maestro o en una mascota, hasta incluso en una planta.  Simple, seguro y que guarde en su interior algo específico e importante para mí.


Me repito.

Quizá también me gustaría no ser yo, al menos por un día.  Vivir en un país lejano, con una cultura ajena; hablar lenguajes que no entienda y usar una bicicleta que no es mía.  Llenar de pasión un interior que sin ver, no quiere quedarse.

Si mis lentes viajaron sin previo aviso ¿será porque no estaban cómodos donde estaban?. ¿Será porque están ocultos e inútiles hasta el frescor de la mañana o los primeros y últimos tres párrafos del capítulo de un libro que no me interesa leer? ¿Será porque viajar les pone café y los hace más nítidos y claros a la vuelta, en el estuche, y luego leen las historias con más pasión?

Es seguro que viajaron sí, si eso es posible. Porque viajar nos cambia -al menos durante la estadía- la manera de vivir lo cotidiano porque ya no lo es.  Clarifica la visión de lo que dejamos atrás y de lo que estamos viendo.

¿Será que cuando viajamos dejamos de ser quienes somos o es cuando realmente podemos ser nosotros mismos?

El estuche.  Aterciopelados.