jueves, 17 de marzo de 2011

ovo lacto vege

OPI Santa Cruz
Recién leo el correo de una amiga, gnóstica y vegetariana ella.  Habla del sufrimiento que experimentan los animales en su calvario llamado matadero, donde hay olor a sangre y a muerte.  Y leo.  Y estoy de acuerdo.  Y me apiado de los animales tanto, que la idea de dejar de consumir productos derivados de una muerte premeditada, velada, esperada y calculada se me cruza por la mente.  Por dos segundos. Si tuviera que sustituír mi plan alimentario familiar que se lleva a cabo bastante bien (con algunas excepciones, claro está) donde tengo:

Churrasquito magro el lunes.  Pescado el martes, aunque la última vez que compré estaba tan embebido en cloro que casi voy a la urgencia y lo pero es que ese bocado que me comí iba destinado a la más pequeña de la casa. Sigo con el pollo sin piel  los jueves y los sábados y por ahí alguna pasta (ravioles de jamón y queso).  En fin.  Todo esto acompañado de la verdura que combina bien con aquello, no vayamos a combinar mal porque engordamos, etc.  Y agreguemos que mis retoños son totalmente carnívoros, independientemente del color de la carne.
Entonces, me doy cuenta que tengo que hacer muchas, muchísimas modificaciones para que la piedad que me embarga se plasme en un nuevo plan alimentario.
Peligro: ambigüedad de sentimientos.   Espero no empezar a llorar y pedir perdón cada vez que corte un pedazo de asado!
Y también espero contar por última vez aquí, la vez que en un cumpleaños de mis niñas una pequeña invitada (hija de gnósticos y vegetarianos muy queridos y respetados) me preguntó cuando le ofrecí una empanada:

Niña
 -"¿De qué es?"

Yo (ya complicada porque sabía la respuesta): 
- "Ah! esta es de queso... y un pedaciiiiito de jamón..."

Niña: 
-"Ahhhh...  Y para hacer ese jamón, ¿mataron al animal?"

Yo: 
        ¡Plop!  como Condorito.






Después de leer este mail, años después de aquella pregunta, entiendo.