domingo, 6 de marzo de 2011

Gólgota

El otro día escuché que alguien llamaba a su perro: "¡Gólgota!"... y me estremecí.  No fue porque el susodicho animal era un pitbull, perrito que no me gusta pa nada.  Se me puso la piel de gallina cuando escuché el nombre. ¿Qué persona que además de tener un pitbull, le pone de nombre Gólgota?! 
A ver, o este tipo no tiene idea de lo que significa y le gustó cómo sonaba o es lo bastante perverso como para ratificar la crueldad que puede llegar a tener el instinto de su mascotita.

Yo hice el Bachillerato Cristiano, opción Católica, por decreto.  Me crié asistiendo a la parroquia San Ramón (la de mi barrio) donde tienen un Cristo tamaño natural, color natural, muy natural demás. De chica soñaba con eso y cuando quería asustarme en serio mi mente me jugaba feo y me hacía acordar de esa cruz.  Por eso prefiero las iglesias que tienen al Cristo chiquito y otra imagen más benévola como punto principal donde fijar la vista.
Ahora de grande, tampoco he dormido muy bien con estos temas. Hace un par de veranos, cuando encontré por cien pesos en las librerías de Piriápolis un libro que se llama "María, de carne y hueso". Un libro que debe ser bastante impopular porque nunca escuché nada sobre él; seguramente censurado por mi iglesia porque tira abajo un montón de cosas lindas que nos cuentan y que la lógica de nuestras neuronas nos prende la luz amarilla.  Pero me lo leí y lo digo orgullosamente, porque uno de mis hermanos, con mejores notas cristianas que yo, no pudo terminarlo. Ahí me anoticié de unas cuantas cosas, o por lo menos alguien con más lógica y menos Fe las puso de esa manera.
La cuestión es que ahí me enteré de que el Gólgota estaba cerquita de la ciudad para que el olor de los cuerpos crucificados hiciera recordar a los que todavía andaban vivos o de vivos, que podían terminar ahí.  Y no eran tres cruces como cualquiera puede imaginarse. El Gólgota era un monte alto, su nombre significa: el lugar de la calavera; tenía cientos de cruces con cuerpos en distintos grados de descomposición.  No se podían entregar a la familia y si lo hacían era por coima, y por coima también les metían la lanza bajo las costillas para que la agonía fuera menor. Los dolientes tenían que ver cómo se morían lentamente sus queridos, y cómo los carroñeros esperaban ansiosos bajo el palo y los soldados que tenían la tarea de estar ahí hacían lo que se les antojaba, luego de que la desesperación y la locura de estar en ese lugar les había robado la piedad.
Así que bastantes razones tuve para estremecerme con el nombrecito de pila que se gastó este perro.

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